sábado, 2 de noviembre de 2013
Dar.
Lo mejor de nuestra vida suele escaparse de nuestras manos sin que ni siquiera lo notemos. Lentamente se aleja, imperceptible para nuestros ojos encaprichados con que todo sigue igual que en el primer instante en el que llegó; pero en un abrir y cerrar de ojos podemos perderlo. Y no sabemos como, ni cuando. Pero lo perdimos. Y no sabemos ver todo lo que nos llevó a hacerlo.
Para estos amantes era distinto. Ambos sabían en lo que se metían al comenzar su historia, ambos sabían todos los obstáculos que tendrían que confrontar, y las heridas que iban a sufrir. Desde el principio, nunca supieron acercarse sin lastimarse mutuamente. El era fuego, el destruía todo lo que tocaba. El se creía invencible, cuando en realidad cualquier otro elemento podía apagarlo con la debida intensidad. Pero no les dejaba, porque los espantaba. Porque nadie se animaría acercarse, y así nunca descubrir lo débil que en verdad era. Y entonces apareció ella. Ella, que era agua, que era aire, que era todo lo que el no. Ella, que llegó a su vida como una tormenta y derribó todas sus defensas. Ella era la única que podría destruirlo, pero nunca estuvo cociente del poder que ejercía sobre el. Porque el nunca se lo permitió, y su orgullo ardió mas que cualquier otra cosa. Y junto a el se sentía pequeña, insignificante. A su lado, sentía el calor que el era, uno que nunca había conocido, por lo que no pudo descifrar el peligro que era acercarse, hasta que sin previo aviso su intensidad la quemó.
Se conocieron, y ambos lo supieron. Ambos sintieron una nueva vida comenzar con el cruce de sus miradas. Y el vio esa vida morir al bajar la vista a su mano: un anillo, símbolo de que tenía dueño, rodeaba uno de sus dedos. Pero no se resignó, y se le acercó. Ella le sonrió, y las nubes tormentosas ya amenazaban sobre el compartido cielo.
¿Por que el amor no era suficiente? ¿Era esto amor, o una necesidad imposible de definir del calor mutuo, de eso que sentían en los brazos del otro que sabían que nunca mas iban a experimentar? Juntos se sentían acompañados, por primera vez en sus vidas. Juntos lo único que importaba era la tormenta que los unía. Porque incluso antes de que sus miradas se encontraron, ya se pertenecían. Porque podían discutir, podían herirse numerosas veces, pero siempre volverían, y no tenían idea de por que, aún no descubrían que era ese doloroso pero reconfortante sentimiento que los unía.
Porque el la amaba, pero pretendía que ella complete todo lo que el no podía darle. El pretendía que ella conlleve todo el peso de su relación en sus hombros, porque su orgullo no le permitía demostrarle lo que en verdad sentía. Cada discusión simbolizó mas peso en los hombros de su amada. Porque el sabía que ella lo amaba, pero ella, ¿como iba a enterarse de que su amor era correspondido? Si le entregaba todo y el le exigía mas. Si estaba dispuesta a dejar todo atrás por el, pero aún así no bastaría. Sin importar todo el amor que ella sintiera, nunca sería suficiente si el nunca dejaba caer sus defensas.
Y ella ya no soportaba esa situación. Por eso, esa noche, decidió entregar su cuerpo y su alma a el, esperando que fuese suficiente para darle las fuerzas necesarias para realizar el viaje que la esperaba: el que separaría sus vidas. El mas duro que tendría que hacer jamás. Ambos comprendían que era su última noche, aunque ninguno habló. Dejaron que sus almas se despidieran por ellos. Y así, en silencio, cayeron desnudos en cuerpo y alma sobre las sábanas. Y en silencio ella lloró en sus brazos, dejando que sus lágrimas empapen su corazón. Por última vez despertó en sus brazos. Por última vez se permitió verlo dormir. Por última vez respiró el aire con sabor a su amado que recorría esas habitaciones. Las recorrió, encontrándose con un recuerdo a cada paso que tomaba. Se embriagó de nostalgia hasta que sintió que las lágrimas volvían a amenazar con escabullirse. No. No otra vez. Debía hacerlo. Debía marcharse. Así que se vistió, y le dejó su despedida en forma de beso sobre su frente. Iba a extrañarlo, pero no podía pensar en eso. Ya no podían seguir así. Ya era momento de que sus manos de desenlacen y de que sus caminos se desvíen. Porque ella nunca podría darle todo lo que el le exigía. Y el en algún momento lo comprendería, pero ya sería demasiado tarde.
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