Su mirada era un café puro en una fría mañana de invierno, una brisa secando una lágrima en una noche de verano. Su sonrisa era una chispa infiltrada la penetrante obscuridad que gobierna el fondo del abismo. De alguna forma u otra, y sin importar las circunstancias, me regalaba un pedacito de bienestar. Yo no se lo pedía. Y el no me lo daba. Pero siempre llegaba. Y, con su arribo, el frío se tornaba reconfortante. La noche ya no parecía la misma. Y la oscuridad se volvía mi amiga.
Pero, así como este ínfimo fragmento de su ser tan rápido aparecía, igual de rápido la advertencia de su ausencia me condenaba a su partida. Y a ella sí que nada sobrevivía. Hasta que su esencia llegaba para revivirla.
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